enfermedad niños

LO QUE LOS NIÑOS NOS DICEN CON SUS ENFERMEDADES.

Por Joaquin Blix Formoso Psicoterapeuta Infantil

El niño es un ser completo. Desde que nace llega al mundo con todo su potencial humano preparado para realizar lo que está destinado a llegar a ser. Trae consigo todo el potencial para hacer frente a los retos que implica el existir. Entra al mundo como un organismo en pleno funcionamiento; responde por medio de sus sentidos y de estos depende su supervivencia. Necesita mamar para ser nutrido y necesita ser abrazado, tocado y acariciado para vivir. Aprende a conocer el mundo a través de sus olores, sonidos, sabores, colores y sensaciones. Poco a poco se va haciendo consciente de su cuerpo; va descubriendo que puede alcanzar, tomar, asir, soltar y explorar. Y conforme crece va adquiriendo nuevos niveles de control y maestría sobre sus capacidades intelectuales, sociales, emocionales, y físicas. La conciencia irá apareciendo al percatarse cada vez más de sus sentidos y de su cuerpo, se va reconociendo a partir de sus sensaciones, sentimientos y expresiones. En los primeros meses no domina el “arte” de interrumpir la expresión emocional y nos comunica sin lugar a duda si está contento, adolorido, o asustado. Su intelecto se desarrolla rápidamente. Aprende a utilizar el lenguaje como medio de expresar y de conseguir lo que necesita. Al desarrollar su intelecto empieza a manifestar deseos, curiosidades, pensamientos e ideas.

El niño posee en su organismo toda la capacidad natural de llevar un desarrollo sano. Su cuerpo, sus sentidos, sus emociones y su intelecto conformarán la base del sentido de sí mismo. Al desarrollar el sentido de sí mismo, el niño empieza a lleva a realizar contacto con el medio ambiente y con las personas que lo conforman para cubrir sus necesidades físicas, intelectuales y afectivas. Conforme estas necesidades van siendo cubiertas el organismo del niño logra su equilibrio y salud. El proceso mediante el cual el organismo del niño mantiene su equilibrio y por lo tanto su salud, lo llamamos homeostasis. El organismo del niño se altera continuamente en su busca del equilibrio, transcurriendo este proceso homeostático todo el tiempo.

El niño a temprana edad depende totalmente del adulto para cubrir sus necesidades. Al crecer desarrolla nuevas habilidades, encuentra formas para comunicar sus necesidades y empieza a cubrir algunas por sí mismo. El modo en que sus padres satisfagan sus necesidades y sus deseos, la manera como reaccionen a la expresión que tiene y la reacción de ellos ante los intentos del niño de valerse más por sí mismo y satisfacer sus propias necesidades y deseos, afectan profundamente al niño. Es a partir de estos momentos que el niño absorberá muchos de los mensajes negativos que lo acompañarán toda la vida. Cada niño tiene un fuerte impulso hacia la vida y hacia el crecimiento. Este impulso va a predominar en las conductas del niño. Si determina que la expresión de su enfado causa desaprobación, tratará de suprimir sus sentimientos. El niño siempre busca la aprobación y la validación, y va optando por diversas conductas para lograr cubrir sus necesidades. El organismo del niño tiene una necesidad apremiante de expresarse. Si ha suprimido sentimientos de rabia o miedo, estos van a tener que ser expresados tarde o temprano. Esto puede ser la causa de muchos problemas. Si el niño no logra encontrar una forma de expresión sana y adecuada de sus necesidades, va a encontrar otra,quizás no adecuada. Los comportamientos que presenta un niño son realmente maneras que el niño ha encontrado para crecer, para sobrevivir, para resolver sus necesidades, para llenar vacíos, para lograr un sentido de sí mismo, para conseguir o descargar energía, para contactar con su ambiente. Es su fuerza vital, su búsqueda incesante de equilibrio lo que hace que se retraiga, que fantasee, que niegue, que mienta, que pegue, que robe, que grite, que se asuste, que se orine por la noche, que se rasque o que se enferme.

Los niños son diferentes de los adultos. El adulto batalla y sufre para lograr existir cada día, el niño también, pero el niño además, tiene la necesidad de CRECER. Su organismo fluctúa cambia, madura, se desarrolla. Cada minuto surgen nuevas necesidades, pero no deja de crecer. Es como un árbol, si es necesario, crecerá torcido pero crecerá. Al mismo tiempo que el organismo-niño crece, aprende de su entorno a desconectar sus sentidos, a controlar sus músculos, a reprimir y no expresar sus sentimientos, a apagar su mente. Cuando sus sentimientos no han sido expresados ni aprobados, simplemente aprende que no debe sentir así. No debe llorar, no debe expresar su enfado, no debe tener miedo. Tanto la habilidad del lenguaje como su postura corporal están muy asociadas a sus sentimientos. Con un vocabulario limitado y sin poder expresar con amplitud sus sentimientos y necesidades aprende que demasiado pensar y actuar lo mete en problemas, hay muchas cosas que no se dicen, otras que no se cuestionan, temas de los cuales no se habla, preguntas que no se hacen, opiniones que no se expresan. Como consecuencia empiezan a cerrar su mente, sus sentidos, sus sentimientos, su intelecto y su cuerpo. Entonces las fronteras del niño se vuelven difusas y su sentido de sí mismo se desequilibra. Siente profundamente que algo le falta, que él es de alguna manera diferente a los demás, se siente solo, siente que algo está mal. Se culpa a sí mismo, no se siente merecedor, e imagina que es malo, que ha hecho algo equivocado, que no es suficientemente inteligente, querible o apto. Sin embargo, el deseo de sobrevivir es más fuerte y en cada niño reside ese potencial con todas sus habilidades y capacidades. A pesar de esta fuerza vital, se va formando en el niño un hueco, una cavidad que se va abriendo más y más, cada vez más profunda. Muchas veces la causa de esto se va olvidando y el niño desarrolla una forma de ser y estar en la vida. Cuando un niño ha constreñido o perdido parte de sí mismo, su sentido de quién es y quién es el otro es difuso y debe compensarlo de alguna forma. Cuando el niño hace esto, en algún caso se hiperactivará, otro se la pasará distraído, otro mentirá, otro agredirá, otro se enfermara.

He descubierto en mi trabajo terapéutico con niños que muchas de sus enfermedades son manifestaciones de un estado de insatisfacción con su entorno. En la actualidad las enfermedades ya empiezan a contemplarse como agresiones al organismo en su camino hacia la realización de su potencial. Las enfermedades de los niños expresan con frecuencia algo “inexpresable” que quieren decir a sus padres. Las enfermedades de los niños pueden ser una valiosa fuente de información para los padres siempre y cuando estos quieran escucharla. El proceso de la enfermedad de un niño se convierte en una serie de hitos en el camino de liberación o del desarrollo de los mismos padres, particularmente en aquellas familias en las que los padres se encuentran atascados en intrincadas relaciones o vínculos opresivos de carácter anímico con sus hijos. Se hace difícil distinguir entre lo psíquico y lo somático cuando se es consciente de que el proceso de cualquier enfermedad, siempre está en gran medida condicionado anímicamente. Si falta la voluntad de vivir, una enfermedad relativamente inofensiva puede convertirse en una enfermedad grave. La enfermedad es un conflicto con las sombras, es decir, con las cualidades y necesidades que están ocultas y no expresadas en nosotros, descuidadas y condenadas a una humillante existencia en las sombras. Estas cualidades y necesidades han conducido a una enfermedad precisamente para ser reconocidas. Consideradas de este modo, pueden compararse las enfermedades a los sueños, que también tienen la función de hablarnos aspectos oscuros u olvidados. Los sueños como las enfermedades, contienen en sí mismos la posibilidad de rescatar esos potenciales ocultos. Nuestra actitud hacia las enfermedades, al tratarlas como trastornos indeseados, nos indica nuestra relación con las sombras: queremos superarlas lo más rápidamente posible y entonces nos desprendemos de aquellas partes de nosotros mismos que tienen algo importante que decirnos. Cuando descubrimos qué desarrollo ha hecho un niño precisamente durante el proceso que le ha llevado a enfermar, en el transcurso de la enfermedad y durante la convalecencia, aumenta nuestro respeto por su enfermedad. Preguntémonos, ¿Qué necesidad está cubriendo la enfermedad del niño? En la enfermedad se encuentra la clave hacia la salud. Cuando nos enfrentamos al niño enfermo con esta actitud aprendemos a respetar su enfermedad como una manifestación de su propio yo, de su propio organismo, como una representación de sí mismo. La búsqueda de la totalidad da sentido a la vida y de este modo también al hecho de estar enfermo. La naturaleza no se deja violar y cuando está harta devuelve los golpes. De la misma manera reacciona el organismo humano frente a ataques concretos que no respetan lo suficiente la totalidad anímico-corporal del niño. La enfermedad como tal puede contemplarse como un desequilibrio del sistema más amplio y global de la personalidad. Por lo tanto, el trato terapéutico de la enfermedad no debe perder de vista el sistema global y su equilibrio perdido.